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Los nicaragüenses están huyendo a San Andrés

A mediados de abril, el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, anunció que la sostenibilidad del sistema de seguridad social requería un aumento en las contribuciones de los trabajadores y la creación de un impuesto a las pensiones. De inmediato los nicaragüenses se manifestaron contra la propuesta, y aunque el gobierno la retiró, las protestas han escalado en intensidad a un grado tal que el mandato de Ortega podría acabar este mismo año.

El descontento no es nuevo: el sistema de pensiones ha sido motivo de protestas masivas desde 2013. Pero el intento de reforma fiscal de 2018 fue el detonante final para una población que está harta del gobierno perpetuo de Ortega. Llama la atención que un presidente que alguna vez se llamó socialista haya propuesto un paquete de reformas recomendadas por el Fondo Monetario Internacional, que la izquierda latinoamericana ha tomado tradicionalmente como chivo expiatorio para todos nuestros males. La verdad es que Ortega está más preocupado por su propio puesto que por algún conjunto de ideales, y las medidas que ha adoptado delatan un interés de autopreservación que resulta familiar para cualquier observador del autoritarismo en este continente.

Las protestas callejeras, que la prensa nicaragüense reporta en admirable detalle mientras TeleChávez, por supuesto, manipula con su habitual descaro, han desencadenado otra crisis inminente: la gente se está yendo del país. La mayoría huye hacia Costa Rica, pero una importante proporción está refugiándose en San Andrés, y el gobierno de la isla está alarmado. Por supuesto, la cantidad de nicaragüenses que prefieren huir por mar es menor que la cantidad de los que prefieren la frontera terrestre. Pero aquí ocurre lo mismo que en Venezuela: si bien para un venezolano es más práctico huir a Colombia que a Aruba, los pocos que emigran por mar ya son una cantidad preocupante.

La situación en San Andrés tiene una complicación adicional: la isla está absurdamente sobrepoblada, y nos lo ha estado recordando sin falta durante bastante tiempo. Los nativos se sienten como extraños en su propia isla, y si ya están incómodos con la inmigración colombiana, menos ánimos tendrán de acoger a los nicaragüenses que, de todos modos, necesitan ayuda urgente.

¿Qué más opciones tiene un nicaragüense? Al lado está Honduras, con las manos llenas por su propia crisis, que ni siquiera logra enfrentar, y ya está siendo afectado económicamente por los eventos en Nicaragua. ¿El Salvador? Allá tienen el mismo problema. Costa Rica hace lo que buenamente puede, pero sus capacidades son limitadas, y de todos modos nadie garantiza la seguridad de los refugiados nicaragüenses cuando regresen. La opción de irse hasta San Andrés parece completamente razonable en estas circunstancias.

Pero San Andrés a duras penas puede atender a los desplazados del conflicto colombiano que ya tiene. Este es un problema del planeta entero: ya se cuentan 25 millones de refugiados, y nadie sabe muy bien qué hacer con ellos. Desde un punto de vista puramente práctico, Costa Rica está mejor preparada que San Andrés para recibir a los nicaragüenses. Pero cuando uno está corriendo por su vida no se detiene a pensar en consideraciones prácticas: solo quiere dormir tranquilo.

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