Ir al contenido principal

La confusión de la naranjada

En la edición en inglés de Cien Años de Soledad, una frase del capítulo 4 está mal traducida: "le ofrecieron naranjada con galletitas" aparece como: "they offered her orange marmalade and crackers". El traductor, Gregory Rabassa, no sabía que la naranjada es otra forma de llamar al jugo de naranja, y pensó en cambio que era un tipo de mermelada. Este tipo de error es casi inofensivo (aunque cualquiera que haya vivido en el calor de la costa notaría de inmediato el carácter sospechoso de no ofrecerle jugo a un invitado), pero en otros casos una mala traducción puede destrozar el efecto de la literatura.

Por alguna misteriosa razón, la Divina Comedia ha sido traducida al español más de treinta veces. Para ahorrar tiempo, mi indicador de la calidad de una versión de la Divina Comedia es el Canto Tercero del Infierno. El texto de Ángel Crespo, que al parecer ganó un premio de traducción, hace un trabajo más bien mediocre en este fragmento:
Por mí se va a la ciudad doliente,
por mí se va al eterno dolor,
por mí se va con la perdida gente.
Fue la justicia quien movió a mi autor.
El divino poder se unió al crearme
con el sumo saber y el primo amor.
En edad solo puede aventajarme
lo eterno, mas eternamente duro.
Perded toda esperanza al traspasarme.
Esto es decepcionante. Si uno va a traducir el letrero de la puerta al infierno, debe darle todo el impacto que merece, y aquí no se ve por ninguna parte. La versión sin rima de Abilio Echeverría es muy superior:
Por mí se va hasta la ciudad doliente,
por mí se va al eterno sufrimiento,
por mí se va a la gente condenada.
La justicia movió a mi alto arquitecto.
Hízome la divina potestad,
el saber sumo y el amor primero.
Antes de mí no fue cosa creada
sino lo eterno y duro eternamente.
Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza.
En cambio, la versión en sonetos de María García Herguedas es francamente nefasta:
Por mí, se llega a la ciudad doliente.
Por mí se llega hasta el dolor postrero,
al rechinar, al llanto, al desespero.
Por mí, se va tras la perdida gente.
Justicia fue mi causa: justamente,
Sumo Poder, Saber y Amor Primero
me creó, cuando se hizo el traicionero,
antes que el mundo: duro eternamente.
Albergo al que, maligno, se destruye
en el odio y cifra su existencia
en la envidia. Sabed a dónde vais.
Albergo al miserable que rehúye
al Bien, a la Verdad y a la Clemencia.
Dejad toda esperanza los que entráis.
Esta traducción no solo añade texto que no estaba en el original, sino que, con su referencia a la bondad divina en el penúltimo verso, deja sin fuerza la amenaza del último. Así no se hace. Mucho mejor quedó la versión de Bartolomé Mitre, un poco extraña en puntuación, pero magistral en efecto:
Por mí se va, a la ciudad doliente;
por mí se va, al eternal tormento;
por mí se va tras la maldita gente.
Movió a mi Autor el justiciero aliento:
hízome la divina gobernanza,
el primo amor, el alto pensamiento.
Antes de mí, no hubo jamás crianza,
sino lo eterno; yo por siempre duro:
¡Oh, los que entráis, dejad toda esperanza!
Ese tono de lamento tembloroso es el que debe tener el letrero de la puerta al infierno, y el que rara vez han logrado los traductores. La versión de Nicolás Bayona es tan floja que se lee como telegrama:
Por mí se llega a la ciudad doliente.
Por mí se avanza hacia la eterna pena.
Por mí se va tras la perdida gente.
Dios al pecado señaló condena
y surgí entonces cual suprema alianza
del poder sumo y la justicia plena.
Y no existiendo en mí fin ni mudanza
nada me precedió sino Dios mismo.
Los que entrasteis perded toda esperanza.
Uno lee ese letrero y no siente ningún susto. Termino esta comparación con mi versión favorita, la que hizo Manuel Aranda en prosa:
Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor; por mí se va hacia la raza condenada; la justicia animó a mi sublime arquitecto; me hizo la divina potestad, la suprema sabiduría y el primer amor. Antes que yo no hubo nada creado, a excepción de lo eterno, y yo duro eternamente. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!
Yo llevaba un tiempo queriendo escribir de este tema, pero siempre se me olvidaba. Decidí que no lo podía seguir posponiendo cuando, hojeando librerías de Nueva Inglaterra, me di cuenta del irregular trabajo que se ha hecho al traducir Don Quijote al inglés. La primera oración en manos de Tobias Smollett es un ejemplo de torpeza:
In a certain corner of la Mancha, the name of which I do not choose to remember...
Este matiz no es de ninguna manera el mismo que tiene la oración original en español. Apenas marginalmente mejor es la versión de John Ormsby:
In a village of La Mancha, the name of which I have no desire to call to mind...
Pero incluso esta se siente artificial. Comparen con la oración, más elegante pero menos exacta, de Thomas Shelton:
There lived not long since in a certain village of the Mancha (the name whereof I purposely omit)...
James Montgomery, por su parte, hace un esfuerzo bastante bueno:
In a village of La Mancha, whose name I have no intention of recalling...
Mientras tanto, la traducción de Tom Lathrop es excepcionalmente inepta:
In a village in La Mancha, which I won't name...
Pero peor todavía es el disparate que escribe John Rutherford:
In a village in La Mancha, the name of which I cannot quite recall...
En mi nunca humilde opinión, Edith Grossman hace el mejor trabajo de todos:
Somewhere in La Mancha, in a place whose name I do not care to remember...
Yo soy traductor, y soy el primero en advertir que no confíen en los traductores. Pero mientras no tengamos un único idioma mundial vamos a tener que seguir dependiendo de la buena fortuna, porque no hay garantía de que la versión que encontramos en la librería sea la que haya hecho el mejor trabajo. Lo peor es que, como la crítica literaria no es una ciencia exacta, rara vez hay consenso sobre la mejor versión.

Y cada vez que toco este tema me entran ganas de desmenuzar la Biblia de los Testigos de Jehová, una traducción dolorosamente mal escrita, pero en ese tema se me iría un año entero.

Comentarios